Se buscan excentricos

nota: este post es puro desahogo personal, tú verás si lo lees 🙂
 

Volví de los USA en 2008 lleno de nuevas ideas para encontrarme todo el día hablando de la crisis (entonces, oh nostalgia, se hablaba de ella casi con ganas, como si fuera una situación exótica digna de experimentar). Volví a la Universidad de Mondragon y a MIK para dirigir esta última compañía a principios de 2013 para ser testigo de como la Red Vasca de Ciencia y Tecnología veía temblar el suelo bajo sus pies. Y ahora a finales de año desembarqué en Chile y Argentina para hablar de cooperativismo y MONDRAGON la misma semana en la que una de sus empresas bandera hincaba la rodilla en riguroso directo y con profusión de medios.

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Buenos Aires, autobus camino de un acto político

Y no, no me considero una persona con mala suerte, antes al contrario me siento afortunado. Lo que ocurre es que llevamos cinco años de suave, de aristocráticamente elegante decadencia que ahora parece acelerarse. Es curioso, al comienzo pareció que eso de la crisis no iba con nosotros, que solo afectaba a aquellos que de una forma ridícula se habían aferrado al ladrillo pero ahora en nuestra industrial Gipuzkoa, un lustro después, entramos en lo peor para empezar a ser conscientes de que no somos tan especiales como nos parecía.

Mi cicerone allá en Argentina me decía con mucha sorna que, en el fondo, nuestro problema no era la crisis (consustancial a cualquier sociedad y tiempo) sino a que no sabemos vivir con ella. Ellos, relataba ufano, viven en un ascensor que les sube y baja entre épocas mejores y peores y ya tienen mucha estrategias materiales y emocionales, para sobrevivir a ambos periodos. Pero nosotros los europeos creíamos habernos bajado del ascensor, en una especie de pacto con el diablo que en lugar de eterna juventud nos proporcionara eterno bienestar. ¡Bienvenidos al ascensor! me decía una y otra vez mi colega mientras me martilleaba con las estrategias del piso cero.

Allá en el cono sur están ahora en un momento expansivo y eso se nota en el ambiente, en las ganas de hacer cosas. Los estudiantes de ingeniería que visité “acusaron” al décano de formar “empleados” mientras ellos querían ser “empleadores”. No se trata de un nuevo El Dorado ni mucho menos, pero más allá de aspectos económicos la diferencia fundamental está en la actitud, en sentirse en un buen momento para hacer nuevas cosas. Aquí estamos más paralizados, abducidos por unos medios de comunicación que, salvo honrosas excepciones, nos dan el dulce rol de victimas que les garantizan enormes audiencias fieles en busca de coartadas. Seguramente por ello se ve tanto pesimista encantado, pues como decía Howard Zinn “El pesimismo se convierte en una profecía que se reproduce al dañar nuestra voluntad de actuar” y por ahí encuentran muchas personas su zona de confort. Y es que no he visto, entre tanto pensador y tertuliano que nos rodea, ninguna crítica real sobre la sociedad civil. Y cuidado, esto no quiere decir que políticos, empresarios, sindicatos, etc. no tengan responsabilidad pero alguna tendremos también los ciudadanos. Me parece que la mayoría hemos priorizado comodidad y seguridad por significado y libertad y ahora que no nos salen las cuentas ni en lo personal ni en lo profesional buscamos alguien a quien culpar.

Santiago de Chile con Los Andes al fondo
Santiago de Chile con Los Andes al fondo

A mi conocer Argentina y Chile me ha supuesto una bocanada de aire fresco emocional (además de una importante experiencia profesional). De Argentina me quedo con el entusiasmo que se respira por cualquier cosa (política, universidad, etc.). Me gusta pensar que el entusiasmo de una persona o sociedad es un buen indicador de salud y allí el estado es de vitalidad. De Chile me ha sorprendido la riqueza de sus recursos y las ganas de construir una sociedad más equitativa sobre los mismos.

Muy probablemente este post no sirva de nada, sacarme de encima un regusto melancólico que he traído de allá quizás. Pero ahora que estamos en un momento bajo, tal y como lo hice cuando estábamos mejor, sigo reivindicando la necesidad de romper inercias, de reclamar una y otra vez que necesitamos perspectivas nuevas más rompedoras. Quizás sea el momento de considerar que hacer mejor lo mismo ya no vale y que hay que hacer mejores cosas, diferentes, si queremos adaptarnos al siglo XXI. Creo que tenemos demasiada gente enamorada de nosotros mismos, de lo que nos ha valido hasta ahora, a los mandos. Me vienen a la cabeza una y otra vez unas palabras de Stuart Mill “la excentricidad y la fuerza de carácter marchan a la par, pues la cantidad de excentricidad que una sociedad contiene está en proporción a su cantidad de genio, de vigor intelectual y de coraje moral. el peligro actual estriba en el poco valor a ser excéntricos que muestran los hombres”.

Es el momento de los excéntricos ¿dónde están?

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